Steve Prefontaine: rebeldía y virtuosismo sobre el tartán

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Fue un pulso a sí mismo extraordinario. Un reto descomunal que, además, tenía premio: un billete para los Juegos Olímpicos de Múnich. Steve Prefontaine miró fijamente las cuatro cifras que su entrenador, el mítico Bill Bowerman, escribió en su libreta de notas: 13:23 minutos, una cifra escandalosa para correr los 5000 metros de los preolímpicos norteamericanos de 1972. Pero no para Prefontaine, que creía que podía hacer absolutamente cualquier cosa. Y más cuando competía en casa, en la pista Hayward Field de la Universidad de Oregón. Esa marca suponía batir en siete segundos el récord nacional que, para gozo del atletismo, él mismo ostentaba. “Algunas personas crean con las palabras o con la música. O con un pincel y pinturas. A mí me gusta hacer algo hermoso cuando corro, que la gente se pare y diga: ‘Nunca he visto a nadie correr así’. Es algo más que una carrera, es un estilo. Es hacer algo mejor que nadie. Se trata de ser creativo”, decía sobre el atletismo.

Steve Prefontaine (Coos Bay, Oregón, 1951 – Eugene, Oregón, 1975) ha sido recordado muchas veces en Estados Unidos, tantas que buscar una coletilla que se ajuste a sus gestas y a su desgraciada muerte es perder el tiempo. Porque el atletismo no entiende de segundos de más. Los medios de comunicación tiraron de tópico cuando falleció a los 24 años tras un accidente de tráfico y Pre, como le apodó cariñosamente la afición tras arrancar pasiones y placeres, fue definido como el “James Dean del atletismo”. Agresivo en la pista y de técnica poco pulida, era extraordinariamente competitivo. Le gustaba romper el ritmo de carrera y liderarla desde el inicio, pese a que eso perjudicaba su rendimiento y favorecía a los rivales. “Mucha gente corre para ver quién es el más rápido. Yo lo hago para ver quién tiene más agallas y quién puede castigarse a sí mismo con un ritmo exhaustivo para, al final, castigarse aún más. Nadie va a ganar una carrera de 5000 metros después de correr dos millas con facilidad. No conmigo”, declaró. La palabra estrategia no tuvo cabida en su mente hasta la etapa final de su corta carrera. Aun así, los 15 récords nacionales absolutos que obtuvo en todas las disciplinas desde los 2000 a los 10.000 metros erigieron a la leyenda. Su popularidad, su carisma y su gran determinación, le convirtieron en un mito legítimo.

Pre fijó la mirada en aquellos 13:23 minutos anotados minuciosamente, consciente de lo que suponía alcanzar aquel hito. Más allá de ganar a George Young, el atleta con mejor forma de la temporada y principal escollo para llegar a Múnich, significaba plantarse en la cita olímpica como favorito del USA Team y, para qué negarlo, ser el mejor fondista del país con tan solo 21 años. En su cabeza únicamente tenía el cómo lo lograría y Bowerman lo tenía todo planeado. Prefontaine correría la primera milla, 1,6 kilómetros, en 4:18 minutos. Superaría las dos en 8:45 y, gradualmente, correría un segundo más rápido cada vuelta. 1:05 minutos, 1:04, 1:03… hasta superar las tres millas en los 12:55. Ni un segundo más. Los siguientes 200 metros, hasta cruzar la línea de meta, serían el último obstáculo para firmar los 13:23.

En esas 12 vueltas incrustó la mirada en el cronómetro, que en la última vuelta no solo contó la marca de Prefontaine. Por cada segundo que pasaba, un “¡Pre! ¡Pre! ¡Pre!” infinito y al unísono envolvió la pista. Hasta que el reloj se detuvo en 13:22.8. ¿Por qué batir un récord nacional en siete segundos si pudo hacerlo en ocho? “Dar algo menos que lo mejor sería sacrificar el don que llevo dentro”, dijo Pre en una de sus frases memorables. Ese nueve de julio de 1972 Hayward Field fue partícipe de las tres primeras millas más rápidas de la historia. Y, por primera vez, Prefontaine compitió como pretendía Bowerman: con el uso de la razón. Por si les interesa qué hizo Young, el veterano corredor cruzó la meta derrotado y con el anterior récord de Pre entre los dientes.

Yardas por millas

Los inicios de Prefontaine no fueron diferentes a los de muchos chavales norteamericanos. En los institutos, quien no practica un deporte es porque no quiere. Prefontaine cayó en el cliché y como la mayoría de niños embelesados por el balón ovalado y el éxito que comportaba golpearlo, se apuntó al equipo de fútbol americano. Su larguirucha figura para plantar cara a los rivales y sus escasos 63 kilos para batirlos marcaron su fracaso con el óvalo antes de que corriera diez yardas. Sin embargo, no dejó nunca de correr. Dejó las yardas para contar su vida a través de las millas recorridas. En el Marshfield High School destrozó 19 récords nacionales de secundaria, de ahí que varias universidades se interesaran por ese diamante en bruto. En 1970 entró en la Universidad de Oregón y, tres años más tarde, se graduó con siete títulos nacionales en la pista. Junto a los maratonianos Frank Shorter y Bill Rodgers fue el responsable del running boom de las carreras de fondo en Estados Unidos durante la década de los 70. Entre tanto, y mientras corría con el corazón, no solo disfrutó sobre el tartán: las fiestas y las mujeres fueron su otra perdición. Acostarse con él era sinónimo de caché en la universidad, aunque al cabo de una noche Pre ya no se acordara de ellas. Algunas de sus amantes contaron, y de eso se hace eco la biografía póstuma, que correr le subía la libido hasta tal punto que tras una carrera era habitual que embistiera a alguna guapa en los vestuarios hasta dejarla sin sentido. Solo había algo que calmaba sus deseos: correr. Por ello, defendía al máximo la integridad del atletismo.

Fuera de la pista también se ganó el respeto al plantar cara a la federación, la tacaña Amateur Athletic Union, a la que los deportistas acusaron de no ayudarles y de hasta privarles de sueldos dignos. Los atletas profesionales no podían competir en unas Olimpiadas, por lo que Prefontaine y otros compañeros renunciaron a ingentes cantidades de dinero para hacer realidad su sueño olímpico. “Nos exigen medallas, pero nuestro país no nos da nada a cambio”, criticó sin tapujos. La presión que hizo tuvo un efecto póstumo. Tres años después de morir, el Congreso de Estados Unidos aprobó la Ley del Deporte Amateur que regularizaba los derechos de los corredores. En 1982, la Federación Internacional de Atletismo abandonó el concepto del amateurismo, consciente de que formar y mantener a deportistas de élite tiene un precio.

Steve Prefontaine con su entrenador Bill Bowerman.

En la mítica Hayward Field de Eugene, la pista más famosa de los Estados Unidos, consiguió sus triunfos más memorables. “Alguien me puede vencer, pero va a tener que sangrar para conseguirlo”, declaró confiado instantes previos de una carrera. Porque su terquedad le transmitía seguridad. Y fue en Hayward Field donde ganó su última carrera, seis horas antes de que estampara su MGB naranja convertible del 73 contra un muro después de una fiesta y que ese amasijo de metal le aplastara los pulmones. Corrió los 5000 metros dos segundos más lento que su marca personal, los 13:21.8 minutos conquistados en Helsinki en 1974.

Un mes después de batir el récord nacional y hacer historia en Hayward Field, el atleta más querido de Estados Unidos en aquella época desobedeció a la lógica en el Estadio Olímpico de Múnich, demostrando que la épica y el esfuerzo no siempre se llevan bien. No, al menos, en el deporte. Ningún atleta menor de 25 años había ganado los 5000 metros olímpicos. Prefontaine lo sabía y también era consciente de que no era el favorito. De hecho, era el corredor más joven de la cita olímpica. Pero su incansable hambre de triunfo le permitía confiar en sus posibilidades y todo un país creyó en él por la estima que le tenía. “Hay grandes probabilidades en mi contra”, dijo horas antes de salir a un Estadio Olímpico aún convulso por el ataque terrorista de la organización palestina Septiembre Negro. Y no erró. Lideró las últimas cuatro vueltas, después de liberarse sin titubeos de sus rivales y de cambiar el ritmo de la carrera. Odiaba quedarse encerrado, así que se empeñó en liberarse. Luchar contra los mejores atletas y contra el viento ocasionó, sin embargo, que el finlandés Lasse Virén, su rival directo, le superara como el viento arrolla a las hojas secas. El tunecino Mohamed Gammoudi también se aprovechó del agotamiento de Pre y el británico Ian Stewart le arrebató la medalla de bronce en los últimos 15 metros. Aún así, fue una carrera extraordinaria. La mejor que disputó el norteamericano, como meses después reconoció Bowerman.

El fracaso, un exitoso punto de inflexión

Pre fue entronizado en el Olimpo y en un mes se le cerraron las puertas. Después de darse el morrazo contra el tartán, se perdió por las dunas de su playa favorita, la larga Horsfall Beach, durante seis meses. Alejado de las pistas, recobró la confianza: “Un hombre puede fallar muchas veces, pero no ha fracasado hasta que comienza a culpar a alguien más”, dijo sin saber que Múnich serían sus primeras y últimas Olimpiadas. Además, el cataclismo de Alemania fue el único tropiezo que sufrió entre 1970 y 1973. De hecho, tres días después de descubrir el infierno corrió otra carrera en Roma en el mismo tiempo que el oro de Viren.

Tras reencontrarse consigo mismo y liberarse por las playas, llegó la maduración definitiva con una única meta: los Juegos Olímpicos de Montreal 76. Ahora sí que era el claro favorito y el discurso del chico rebelde cambió. “Correr me da confianza y lo hago mejor cuando soy libre”, dijo. Y como símbolo de liberación, Prefontaine se dejó un pronunciado bigote que nunca más se quitó. Era la evidencia más clara de que Pre había alcanzado un nivel superior: dejó de correr sin pensar hasta desfondarse para hacerlo con la cabeza, siguiendo una estrategia. “Rendirse no es una opción”, repetía. Le preocupaba que un mediocre pudiera ganar una carrera aunque él hiciera un esfuerzo supremo. Y si había un responsable de aquella mentalidad competitiva, ese era Bowerman, quien realizaba una cuidadosa preparación de las carreras. Todo lo contrario que Prefontaine hasta aquel momento, de ahí que su relación fuera turbulenta. Algunos dicen que fue el mejor entrenador. Eso nunca lo sabremos, pero si hay algo certero es que Bill Bowerman dedicó su vida a moldear a los mejores atletas del mundo, entre ellos a su predilecto, Pre.

La derrota: Steve sobrepasado por sus rivales en Munich.

Nadie duda de que le gustaba ganar. Pero, sobre todo, era cómo lo hacía: Prefontaine convirtió el atletismo en un deporte vistoso y atractivo. “No solo salgo a correr, me gusta dar a los espectadores algo emocionante”, explicó una vez. Y lo dio. Corrió heroicamente y sus registros lo avalan: comenzó corriendo la milla en cinco minutos y marcó su mejor registro en 1973, con un tiempo de 3:54 minutos. Y permítanme una avalancha más de estadísticas, ya que estas perfilan lo colosal que fue Prefontaine: ganó 120 de las 153 carreras que disputó. Y no fue hasta el año pasado cuando cayó el último de sus récords nacionales, el que, ni más ni menos, le perpetuó en este deporte: el de los 5000 metros.

“Ven aquí y te convertirás en el mejor corredor del mundo”, le escribió Bowerman a Prefontaine en un amagopara convencerle de que su sitio estaba en la Universidad de Oregón. Era la lógica de la razón, y no se equivocó. Muchos titularon la muerte de Pre como “el fin de una era”. Lo fue, tanto que sigue siendo omnipresente en la pista estadounidense: cada año se disputa en la Hayward Field la Clásica Prefontaine, una de las pruebas más importantes de la Liga de Diamantes.

“Se podría decir que correr es básicamente un pasatiempo absurdo que solo sirve para agotarnos. Pero si pueden encontrar significado en el hecho de correr han de procurar permanecer en este equipo. Tendrán oportunidades para hallarle sentido a otro absurdo pasatiempo: la vida”. Así recordó Bowerman a su chico. El 30 de mayo de 1975, Prefontaine cerró la temporada en Eugene y, como no podía ser de otra manera, se encargó de calentar la carrera y avanzó que sería un buen día para batir otra vez el récord de los 5000. No era chulería, era pura confianza. Y correr en casa no era el único motivo para lograrlo: competiría contra Virén. Era la hora de resarcirse del golpe de Múnich. El finlandés, sin embargo, canceló su participación a última hora. Quizá ese fue el preludio de lo que sucedería. Pre volvió a ganar, por supuesto, pero el cronómetro tardó en pararse dos segundos más de lo que esperaba. Corrió los últimos 50 metros con los ojos cerrados, en un intento de alejar el sufrimiento de él. Pero fue en vano. Esos 13:23.8 minutos fueron una derrota personal, pero aún así hizo la vuelta de honor mientras el resto de corredores sacaban el hígado por la boca en un rincón.

Más de 7000 personas le despidieron como el campeón olímpico que creían que sería un año más tarde en los Juegos de Montreal. Por la noche, y para rematar el fin de una gran temporada, se fue a celebrarlo con sus compañeros. Cerveza, perritos calientes y hamburguesas. Mesas de billar, alegría, pero también cansancio, por lo que el festejo no se alargó demasiado. Pre acompañó a casa a Frank Shorter, que ese día intentó pisarle los talones en vano. Después, llegó la tragedia, sellada por las marcas de los neumáticos que conducían a lo inimaginable, a aquel enredo metálico.

La autopsia reveló que duplicaba la tasa de alcoholemia permitida, pese a que ese no había sido, ni de lejos, el mayor desmadre de Pre. Algunas fuentes, además, apuntaron a que un segundo coche estuvo involucrado en el accidente. Sea como fuere, Pre perdió el control de su descapotable. Su muerte conmocionó al país y sumió en el silencio a Hayward Field. Como homenaje, el reloj de la pista, vacía y huérfana, volvió a ponerse en marcha entre los aplausos de la grada desolada y se congeló en los 12:36.2 minutos, un tiempo con el que Pre estaría satisfecho de correr los 5000, dijo una vez. Nadie, 38 años después, ha batido ese récord.

Artículo publicado en Jot Down: http://www.jotdown.es/2013/06/steve-prefontaine-rebeldia-y-virtuosismo-sobre-el-tartan/

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